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Family Tree

Por Miguel Ruiz Stull 

El trabajo visual de Camila Valenzuela pretende plantear una serie compleja de relaciones, relaciones que a su vez entraman diversos modos de expresión actual implicados en lo que podemos reconocer como arte contemporáneo. Lo esencial, creemos, se hallaría en este deseo de plantear o mejor plantar las condiciones donde la identidad y la memoria se van superponiendo, haciendo inasignables el papel habitual del fondo y la forma, de los lugares de la pintura y la fotografía, del cromatismo y la puesta en figura de un determinado modelo; todo esto puesto en relación a una variedad técnica que también pareciese quedar en una especie de suspenso de su definición, en el instante que configura el espacio de la presentación. Se plantea, ante todo, retratar, pero ese retrato, su figura y definición por medio de un uso experimental del soporte, se fuga cada vez de las condiciones de todo posible reconocimiento: la serie de obras que nos plantea Camila Valenzuela juega de modo simple, aunque sofisticado, con la figuración de un aspecto, de un  genus que escapa a cada instante de la captura de una posible determinación o significancia. La forma del retrato deviene en un no-retrato absoluto, en la medida en que la figura siempre se fuga a la mirada, condición eficiente de todo retrato posible.

Así queremos leer aquello que se insinúa desde el título de la serie, Family Tree, acentuando el carácter genealógico que domina estratégicamente la puesta en marcha de la obra. Recordemos de paso que tarea del genealogista era certificar o acreditar la legitimidad de una pretensión, de un título, de la pertenencia o no de un particular en la serie de un gens determinado, en cuanto ilustre. Acá creemos que se desdibuja las condiciones de ese reconocimiento, los gestos, las señas, en fin, el aspecto, el genus trabajado durante toda la obra, solo son posibles de ser encaminados a un sentido en la medida en que, despareciendo la figura muchas veces sumergidas por el fondo en evidente juego cromático, solo nos quedaría el andamiaje, el ramaje de un árbol que siempre oculta la unidad troncal quedaría consistencia significativa y referencial a toda la serie.

Lo que escapa en la obra de Camila Valenzuela es siempre la unidad y la identidad, ya que la complejidad de la técnica, el atinado uso de recursos gráficos, fotográficos y pictórico, colaboran y operan en la secuencia como evidentes sintetizadores de la experiencia que desborda las condiciones habituales de legibilidad e de interpretación que son condición del modelo retrato. Lo que se plantea, en fin, es un árbol, no el árbol, el cual multiplicando genéticamente su aspecto, da paso a una serie siempre variante de encadenamientos que dan consistentemente unidad a la multiplicidad variable que aquí, en este lugar, se nos presenta en un juego complejo que da razón a la experimentalidad material y eficiente del diverso uso de soportes.

Cafe Abarzúa, Santiago, 2010

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